martes, 1 de noviembre de 2016

Sobre el Síndrome del Yaciente



  • Si has sido un niño triste desde siempre.
  • Si tienes la sensación de no vivir tu vida.
  • Si te gusta vestir de negro o de colores oscuros.
  • Si no te gusta el sol, el frío y la nieve y eres anormalmente friolero.
  • Si duermes la siesta con los brazos cruzados sobre el pecho.
  • Si necesitas muchas horas de sueño.
  • Si te cuesta disfrutar de la vida, de tener placeres...
Entre otros síntomas, y sin necesidad de tenerlos todos ellos...quizás te interese leer este relato extraído del libro “Nada es lo que parece” de Carmen Posadas. Y analizar la biografía de Salvador Dali o de Vincent Van Gogh, como introducción para estudiar tu propia historia; porque... se puede ser yaciente de algún ser de nuestro árbol genealógico, desaparecido de forma injustificada a muy temprana edad y de manera inesperada; de un hermano, que pertenecería al rango de síndrome del yaciente horizontal, o una o varias generaciones por encima de la nuestra, cuyo caso formaría parte del club del síndrome vertical. Te animo a leer la siguiente narración novelada con tonalidades verídicas.

Mi hermano Salvador. 
Salvador siempre vivió en mí, ¿o tal vez debería decir que fui yo quien vivía en él? Después de todo, yo usurpé su nombre y su lugar en la casa, sus trajes, sus juguetes, hasta su osito de trapo. Salvador, mi hermano, murió muy pronto, a los ocho años, apresado entre los barrotes de su cama. Mis padres –en especial mi madre- quedaron destrozados por la tragedia, pues adoraban a ese niño tan diferente de mí, moreno, de cara ancha y ojos brillantes, cuya única fotografía aun ocupa un lugar preferente sobre la chimenea del salón.
Así como ocurre siempre, se afanaron en reemplazarlo lo más rápidamente posible, y nací yo. Salvador, el otro, el sustituto.
Crecí bajo la deformante sombra de mi hermano, usando sus mismas ropas y ocupando su cama. Me acostumbré a tenerlo siempre presente. Jamás desapareció de la vida de mis padres. El estaba omnipresente en sus conversaciones, en sus miradas y en esa carpeta verde en la que guardaban los únicos recuerdos de mi hermano, recuerdos que nunca se me permitió compartir y que colmaban sus vidas, llenando las tardes de invierno con comentarios y sonrisas que les unían, alejándolos de mí. Me convertí en un niño nervioso y enfermizo que trataba desesperadamente de llamar la atención, y en las largas noches de miedo e insomnio yo le pedía a Salvador que volviera a jugar conmigo a piratas, como cuando mamá me miraba, nos miraba, tejiendo junto a la ventana. Pero el únicamente sonreía desde su retrato con esos ojos negros tan distintos a los míos.
Mi padre murió y tía Clara le propuso a mi madre llevarme una temporadita a su casa de la costa para cambiar de aires. Aquella temporadita se convirtió en ocho largos años. Volcamos todas nuestras ilusiones en el tenis, y el día en que cumplí quince años, gané mi primer torneo. Mi profesor me auguraba un excelente porvenir y así hubiera sido, estoy seguro, de no haber aparecido mi hermano Salvador.
Salvador volvió a mi vida de un modo sutil. Como un tumor, como un cáncer fue creciendo dentro de mí de una forma casi imperceptible pero incesante. Aquella primera vez que sentí necesidad de pintar debí de comprender que era él el que volvía. Sucedió que mi madre me había mandado por mi cumpleaños una caja de pinturas que al principio recibí con poco entusiasmo; a mí nunca me había interesado la pintura. Se trataba de un magnífico luego de colores y varios pinceles que pronto quedaron relegados en une estante de mi armario.
Sin embargo, una tarde, algo me hizo cogerlos. Sin saber cómo, mi mano empezó a dirigir los pinceles por la pared con trazos limpios y seguros. Poco a poco fue dominándome esa fiebre de los artistas que, según cuentan, les impulsa a seguir, a crear. Nunca he sentido en mi vida la inspiración como entonces. Resultaba extraño; como ya dije, jamás  hasta ese momento me había interesado por la pintura, y sin embargo, era evidente que tenía una facilidad asombrosa para ello.
Cada vez con más frecuencia, entraba en mí una fuerza que me poseía por completo y guiaba los pinceles de un modo magistral. Tras el esfuerzo, caía rendido, y a  la mañana siguiente encontraba sobre el atril una pintura bellísima que, sin embargo, a mí me resultaba inquietantemente ajena. Así empezó a manifestarse Salvador, mi hermano, y de haberlo hecho solo de esta forma yo hubiera podido tolerarlo, pero una vez que entró en mí, quiso poseerme por completo. Mi carácter cambió. Dejó de interesarme el tenis y me volví huraño y poco conversador. Al principio mis amigos se extrañaban de mis repentinos cambios de humor –pues yo podía pasar en pocos minutos de afable a tiránico, de generoso a déspota-, sin saber lo que me pasaba me encerraba en mi habitación.
Los días se sucedían vertiginosos mientras él iba arrinconando en mi mente todos mis gustos para hacer sitio a los suyos, es decir, su fiebre malsana por crear. Y pasó el tiempo. Durante dos años asistí, como un espectador aturdido, a los acontecimientos que se sucedían y me engañaba pensando que esta sensación de irrealidad era corriente entre la gente que triunfa. Solo durante los cortos intervalos en que volvía a ser yo mismo, intuía como entre sueños que salvador, mi hermano, no se habría de conformar con tan poco.
Parece una historia disparatada. La madre piensa que el niño no debería haber muerto y día a día pensaba en él y lo mantuve vivo en mi memoria cada minuto, cada instante, porque estaba segura de que si lo hacía, salvador encontraría la forma de volver para ser genial, como era su destino.
Así pasará el tiempo, un día y otro. Si alguna vez alguien viene a esta casa, descubrirá junto a la ventana las sombras de mi madre y mi hermano Salvador muy juntos, tan iguales. Tal vez estarán revueltas con las hojas de este relato que ahora termino o junto a viejos dibujos infantiles y un mechón de cabello negro, porque ese y no otro era su destino. Ahora saldré de aquí y cerraré la puerta; dentro queda mi historia, mi inspiración, los halagos y el genio que nunca fui. Y quizá cuando salga me estremezca al sentir como recorre mi espalda el frío de no ser ya más que uno solo…, como antes, o tal vez como nunca hasta ese día.